Culiacán.- Desde Culiacán, en plena gira de rendición de cuentas, la presidenta Claudia Sheinbaum sentenció que “la injerencia genera violencia” y que los mexicanos rechazan cualquier acción de un gobierno extranjero. El mensaje, pronunciado en el corazón del Cártel de Sinaloa, insiste en que el presente y el futuro del estado lo deciden los sinaloenses y que lo que genera paz es la cooperación, no la intromisión.
El escenario no es casual. Sinaloa lleva dos años de guerra intestina entre facciones del cártel, con miles de muertos y desaparecidos. El gobernador con licencia Rubén Rocha Moya, de Morena, enfrenta una acusación federal en Estados Unidos por presuntamente haber recibido apoyo electoral y sobornos a cambio de proteger a Los Chapitos. Sheinbaum respaldó a la interina Graciela Domínguez y prometió que las fuerzas federales se quedarán el tiempo que sea necesario, pero evitó cualquier recuento público de las responsabilidades políticas que precedieron a esta crisis.
Hablar de soberanía desde el estado más lastimado por el crimen organizado suena hueco cuando la impunidad de aliados políticos permanece intacta. La violencia no nació de un comunicado de Washington; se incubó con años de tolerancia, protección y silencios cómplices. Señalar la injerencia extranjera es fácil. Confrontar la narcopolítica propia exige otra cosa: voluntad de investigar y castigar, no solo de pronunciar discursos de independencia.
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