CDMX.- Este jueves, en plena visita de Estado del presidente surcoreano Lee Jae-myung, Claudia Sheinbaum volvió a anunciar que BTS regresará a México en 2027. No es novedad: ya lo había dicho en mayo, después de recibir al grupo en Palacio Nacional, sacarlos al balcón ante unas 50 mil personas y atribuir el gesto a gestiones con Seúl. Ahora lo reitera como logro diplomático, en el mismo encuentro donde también se habla de un posible centro de cultura K-pop. La productora y la agenda del grupo deciden; el gobierno solo presume.
El problema no es que un grupo popular vuelva a tocar. El problema es el uso político del espectáculo. Mientras se presume un show para 2027 que aún no tiene fecha, madres buscadoras llevan días plantadas ante la FGR exigiendo que les reciban denuncias; el país arrastra decenas de miles de desaparecidos, escasez de medicamentos, violencia y una economía que no da para euforias. Convertir una gira comercial en asunto de Estado y presentarlo como triunfo de “el pueblo” es la receta clásica: pan y circo para tapar lo que no se resuelve.
La relación con Corea puede traer inversión y cooperación real. Usar a siete ídolos como cortina de humo no. Un gobierno que prioriza el aplauso fácil de las redes sobre la atención a las familias que buscan a sus muertos no está gobernando: está entreteniendo. Y el entretenimiento, por muy masivo que sea, no sustituye resultados.
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