Sheinbaum elegirá a los candidatos de Morena a las 17 gubernaturas del 2027... y ya está operando...
Esta forma de operar tiene costos políticos evidentes. Genera resentimientos en los estados, donde militantes y cuadros locales ven cómo sus aspiraciones se subordinan a decisiones cupulares.
Análisis.— En la Cuarta Transformación, lo que se presenta como un proceso democrático interno de selección de candidatos es, en los hechos, una operación de imposición desde Palacio Nacional. Claudia Sheinbaum no está dejando al azar ni a las bases ni a los liderazgos estatales la definición de quiénes competirán por las 17 gubernaturas que se renovarán en 2027. Al contrario: ya opera un esquema centralizado donde la presidenta define, orienta y corrige el tablero según sus intereses y lealtades personales.
El mecanismo es claro. Se envía a operadores de máxima confianza a los estados con instrucciones precisas sobre quién debe “ganar” las encuestas internas. Estas mediciones, lejos de ser un ejercicio neutral de escucha a la militancia y simpatizantes, funcionan como instrumento de legitimación formal de decisiones tomadas de antemano en el centro del poder. Cuando los números no favorecen al candidato preferido, entran en acción ajustes, cambios de equipo y presiones que reorientan el resultado. La encuesta se convierte así en una simulación necesaria para mantener las apariencias del “método Morena”, pero vaciada de sustancia real.
En el corazón de esta operación centralizada destaca la figura de Iván Silva, titular de la consultora Heurística, quien acumuló experiencia clave en las campañas presidenciales de Andrés Manuel López Obrador y la propia Claudia Sheinbaum. Convertido en su principal asesor electoral, Silva fue comisionado directamente por la presidenta para recorrer los estados y garantizar que sus candidatos preferidos prevalecieran en los procesos internos. Su rol ilustra a la perfección el mecanismo de control: un operador de máxima confianza encargado de alinear las encuestas, coordinar estrategias y corregir rumbos cuando las mediciones no favorecen las instrucciones venidas desde Palacio Nacional. Sin embargo, esta dependencia de figuras externas al partido tradicional también expone vulnerabilidades, pues concentra en un solo actor una enorme influencia sobre el destino de decenas de aspirantes y, en última instancia, sobre el futuro inmediato de Morena en 2027.
Esta estrategia revela un estilo de ejercicio del poder que prioriza el control vertical sobre la pluralidad interna. Sheinbaum no confía plenamente en los liderazgos locales ni en los equilibrios orgánicos del partido. Prefiere colocar a sus propias fichas, personas que respondan directamente a ella y no a caciques regionales, gobernadores salientes o corrientes históricas. El resultado es un partido que, en la práctica, se reorganiza como una estructura de lealtad presidencial más que como un movimiento con vida propia.
Una reciente reunión con la dirigente nacional Ariadna Montiel para revisar “candidaturas controversiales” confirma esta lectura. No se trata de una simple consulta de rutina. Es la jefa del Ejecutivo federal alineando al partido a su visión, filtrando nombres, vetando perfiles incómodos y asegurando que las 17 definiciones sigan una lógica centralizada. Lo que en el discurso oficial se vende como unidad y fortalecimiento, en la realidad es recentralización del poder. La herencia de AMLO —el hiperpresidencialismo— no solo se mantiene, sino que se perfecciona con mayor disciplina operativa.
Esta forma de operar tiene costos políticos evidentes. Genera resentimientos en los estados, donde militantes y cuadros locales ven cómo sus aspiraciones se subordinan a decisiones cupulares. Crea ganadores y perdedores artificiales que luego deben cargar con la legitimidad débil de una imposición disfrazada. Y, sobre todo, expone las fracturas internas: cuando operadores clave terminan alineados con otras figuras de peso (ex candidatos presidenciales, por ejemplo), el esquema central corre riesgos de sabotaje silencioso o filtraciones estratégicas.
Para Sheinbaum, el cálculo parece claro: mejor un partido controlado y predecible, aunque sea a costa de tensiones internas, que uno realmente abierto donde las correlaciones de fuerza locales puedan imponer sorpresas. En un contexto de desgaste natural del gobierno, de cuestionamientos por temas de seguridad y economía, y de la necesidad de mantener la mayoría en el mayor número posible de entidades, la presidenta apuesta por lealtad total sobre autonomía.
El mensaje que envía hacia adentro de Morena es contundente: en 2027 no habrá candidaturas “orgánicas” en el sentido amplio. Habrá candidatos de la presidenta. Quien no entienda esa nueva realidad, quedará fuera del juego. Lo que está en disputa no es solo quién gobernará los estados, sino quién realmente manda en el movimiento que dice representar la voluntad popular.
Este centralismo extremo plantea una pregunta incómoda para la 4T: ¿puede un proyecto que nació criticando el dedazo y el autoritarismo priista consolidarse precisamente practicando formas actualizadas de dedazo y control desde arriba? La respuesta que se perfila en estas semanas es sí, siempre y cuando el aparato logre mantener la disciplina y los resultados electorales. Pero la simulación tiene límites. Cuando las encuestas internas se vuelven teatro y las decisiones reales se toman en despachos del centro, el riesgo de que la base lo perciba —y reaccione— crece.
Sheinbaum ya está operando. Las 17 gubernaturas no serán definidas por Morena. Serán definidas por la presidenta. El resto es escenografía.








