Sheinbaum en la Basílica: el disfraz religioso de la presidenta secular
Sheinbaum encabeza acto de desarme en la Basílica de Guadalupe y genera acusaciones de hipocresía religiosa
CDMX.- Claudia Sheinbaum, quien ha declarado públicamente que creció “sin religión” porque sus padres la educaron de forma laica y atea, y que solo mantiene un vínculo cultural con sus raíces judías por las fiestas que celebraban sus abuelos, encabezó el pasado 9 de julio el evento “Sí al Desarme, Sí a la Paz” en el atrio de la Basílica de Guadalupe. El acto formaba parte de una campaña gubernamental —ya realizada en otras ocasiones— para promover la entrega voluntaria de armas de fuego, en coordinación con la Iglesia católica y con motivo del Día Internacional de la Destrucción de Armas. Videos difundidos en redes muestran a la mandataria realizando gestos como persignarse, pero sin saber hacerlo correctamente, lo que ha generado una oleada de críticas por lo que muchos consideran una actuación oportunista y carente de autenticidad.
El problema no es el programa de desarme en sí —que busca reducir la violencia y ha recolectado miles de armas en administraciones previas—, sino el escenario elegido y la forma de usarlo. Sheinbaum, que se presenta como mujer de ciencia y defensora del Estado laico, recurre ahora a uno de los espacios más sagrados para millones de católicos mexicanos para un acto político. La imagen de alguien que no profesa la fe católica apropiándose de sus símbolos y rituales en suelo donde miles acuden por convicción genuina resulta, para muchos, una burla descarada. Cambiar de registro religioso según la audiencia —judía en ciertos foros, “cercana” a lo católico cuando conviene— no es respeto a las creencias ajenas, sino instrumentalización pura de la fe ajena para legitimarse.
Esta jugada expone la peor cara del pragmatismo político: usar lo sagrado como escenografía cuando la narrativa oficial necesita conectar con un electorado mayoritariamente creyente. No se trata de prohibir la presencia presidencial en espacios públicos, sino de exigir coherencia. Quien se declara ajena a toda práctica religiosa no debería escenificar gestos que no siente ni comparte. Hacerlo en la Basílica no acerca a la gente; solo confirma que, para esta administración, hasta la fe puede convertirse en herramienta de campaña.



