Ciudad de México.— La presidenta Claudia Sheinbaum no festejó que el director de la DEA, Terry Cole, trate a Omar García Harfuch como “socio de confianza” y “buen amigo de Estados Unidos”. Al contrario: en la mañanera de este 2 de septiembre convirtió ese reconocimiento en una acusación de injerencia. Según ella, Washington no está reconociendo resultados contra el narco. Está buscando “dividirnos internamente” e “influir en las elecciones nuestras”.
La pregunta venía con destinario. No era sobre decomisos ni capos. Era si el halago de Cole al secretario de Seguridad —el único del gabinete al que la DEA trata así— no era un respaldo rumbo a procesos electorales. Sheinbaum no esquivó el anzuelo. Lo mordió y lo usó para bajarle el precio al elogio.
“Ellos buscan de una u otra manera, para debilitar a los gobiernos… dividirnos internamente, es una de sus estrategias, no de ahora, de siempre; generar divisiones al interior del Gabinete de Seguridad, generar divisiones al interior del Gabinete Federal. Son tácticas que usan ellos de injerencia. Lo que pasa es que se topan con pared”, dijo.
Después remató: “piensan que por hablar bien de uno y mal de otros van a generar al interior división”, y que también buscan “influir en las elecciones nuestras”.
Traducción política: el reconocimiento no cuenta. Si la DEA aplaude a Harfuch, no es porque haya coordinación contra cárteles. Es porque Estados Unidos quiere pelearlos entre ellos.
El problema de esa tesis es que Sheinbaum misma ha vendido, durante meses, la cooperación con Washington como “coordinación sin subordinación”. Harfuch fue a la cumbre de la DEA en Buenos Aires —después de que ella dudara y el gabinete votara que sí fuera— a mostrar “los resultados de México”. Cole lo presentó ante más de 100 países. Luego ha hablado de comunicación diaria y de hospitalidad. Eso, hasta ayer, era el relato oficial de que la estrategia está funcionando. Hoy ese mismo relato se volvió sospechoso… porque el aplauso no fue para Palacio Nacional, fue para el secretario.
Sheinbaum no dijo que Harfuch trabaje mal. Hizo algo más útil para ella: lo diluyó. Lo metió en una lista —“el General secretario, el Almirante secretario, Omar, la secretaria de Gobernación y la consejera jurídica”— para que el elogio extranjero no lo deje solo arriba del resto. El mensaje no es “Harfuch no merece el reconocimiento”. Es “ese reconocimiento no les sirve para armárselo como candidato”.
El contexto explica el nerviosismo. Harfuch es el secretario mejor evaluado, el de la estrategia de golpes y detenciones que contrasta con los “abrazos” del sexenio anterior, y el nombre que ya aparece en las conversaciones de 2030. La DEA lo trata aparte. A otros del entorno morenista los aprieta con visas, señalamientos y pedidos de extradición. Ese contraste —un funcionario “amigo de Estados Unidos” y un círculo político bajo sospecha— es exactamente lo que Palacio no quiere que se lea como ruptura ni como sucesión.
Por eso la respuesta de hoy parece desproporcionada. Nadie le preguntó si iba a entregar el país. Le preguntaron si el halago a su secretario de Seguridad era un guiño electoral. En lugar de decir que los resultados son del gobierno y punto, Sheinbaum ensució el reconocimiento: lo volvió táctica, injerencia y división. Una acusación cómoda, porque no se prueba ni se desmiente, y porque le permite no concederle a Harfuch el capital político que Washington le acaba de poner en la mesa.
Si Cole hubiera elogiado a la presidenta, el marco casi seguro habría sido otro: respeto a la soberanía, buena coordinación, resultados de México. El elogio molesta cuando no es para ella y sí para el hombre que ya se perfila como el más vendible del gabinete. Hoy Sheinbaum no desmintió a Harfuch. Desmintió el valor del reconocimiento. Y eso, en política, es otra forma de recortarlo.



