CDMX.- Claudia Sheinbaum cerró el domingo en el Zócalo la gira “Honestidad y resultados” de su segundo informe: 12 días, 32 entidades y, según su propio recuento, cerca de 850 mil asistentes en asambleas; el gobierno capitalino habló de unas 200 mil personas en la Plaza de la Constitución. El discurso duró unos 40 minutos y giró en torno a una tesis ya ensayada: ninguna potencia extranjera ni élite económica o política tiene derecho a dictar el presente o el futuro de México; eso, dijo, “solo le pertenece al pueblo”. En el mismo acto reivindicó a Andrés Manuel López Obrador: “nunca entendieron que el pueblo se levanta con dirigentes extraordinarios como López Obrador”. La plaza respondió con “no estás sola”.
El problema no es la frase. Es el truco. Convertir un mitin de aparato —con Clara Brugada de coestelar y ausencias notables en la cúpula morenista— en prueba de soberanía es confundir volumen con autonomía. Sheinbaum amarró el mensaje a Morelos, a 1814 y a reformas constitucionales contra la injerencia, en un momento en que Washington aprieta el tablero regional y México sigue atado al comercio, las remesas y la coordinación en seguridad. Decir que “el pueblo determina el destino” mientras se canoniza a un dirigente extraordinario no es contradicción accidental: es el método. El pueblo manda cuando coincide con el relato; cuando no, es oposición que “nunca entendió”.
Lo que quedó en el Zócalo no fue un informe duro de dos años de gobierno. Fue un ensayo de músculo rumbo a 2027 y una advertencia envuelta en himno: soberanía sí, pero narrada desde el templete, con el predecesor como fetiche y la plaza como certificado. Llenar el centro de la capital no inmuniza al país de presiones externas ni de las élites propias. Solo demuestra que el movimiento todavía sabe convocar. Gobernar es otra cosa.
Discusión sobre este post
Sin posts



