CDMX.- Claudia Sheinbaum salió de su segundo Informe de Gobierno, el 1 de septiembre en Palacio Nacional, a repetir la fórmula de siempre: el país va bien, los programas llegan, la seguridad mejora y quien diga lo contrario distorsiona. El periodista Manuel López San Martín lo sintetizó sin adornos: si los medios críticos “no reflejan la realidad”, el México idílico que ella pintó en tribuna está aún más lejos de los hechos. No es un capricho editorial. Es el mismo patrón de meses atrás, cuando la presidenta acusó a “comentócratas” y medios de mentir, atribuyó la crítica a la falta de “chayote” y reconoció que su gobierno no da publicidad oficial a TV Azteca, Reforma y El Universal.
El informe —más de mil 300 páginas entregadas al Congreso— presume homicidios a la baja, inversión récord, 42 millones de beneficiarios y un billón de pesos en programas. Lo que no cabe en esa cuenta es lo que sí está pasando: el huachicol fiscal con nombres del entorno morenista, las presiones y escándalos en Sinaloa, las desapariciones que otra vez desaparecieron del discurso, las fallas del Tren Maya al día siguiente de presumirlo y un crecimiento que, incluso con las cifras oficiales, no sostiene el relato de prosperidad. Columnas y contrainformes cruzaron esos anuncios con INEGI, SESNSP y auditorías: lo que se reporta no es “opinión de ficción”; es el país que la mañanera se niega a nombrar.
La crítica no insulta a la presidenta; señala cómo gobierna. Convertir al mensajero en enemigo —lista de críticos en la mañanera, lineamientos de audiencias, recorte de pauta a quien incomoda— no hace más cierta la cifra leída en el Informe. Un gobierno que se dice de “rendición de cuentas” no puede exigir silencio a cambio de un informe que celebra logros y esconde costos. Si la realidad sobra, el problema no es el medio que la publica. Es el poder que necesita un país de cartón para que el informe no se caiga.
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