CDMX.- Christian Shamed y Gael, de 17 años y alumnos de la Preparatoria 2 de la UAEM, fueron acribillados la noche del sábado 26 de septiembre en la colonia Chulavista, en Cuernavaca. Un tercer adolescente quedó herido. No hay detenidos y la Fiscalía de Morelos no ha fijado un móvil, aunque se habla de un posible despojo de motocicletas. Este lunes, dos días después y 16 días después del feminicidio de la estudiante española Claudia Tacoronte Aguilera en Cuautla, Claudia Sheinbaum calificó los hechos de “muy lamentables y tristes”, admitió que “ya son muchos” y encargó a Segob que hable con la gobernadora Margarita González Saravia, con la rectora y con los estudiantes para “reforzar la prevención”.
No es un brote aislado. Desde abril de 2025 la comunidad de la UAEM ha enterrado a Aylin Rodríguez, Kimberly Joselin Ramos, Karol Toledo, Michelle Itzayana Fuentes, Claudia Tacoronte y ahora a estos dos menores. Siete asesinatos. Familias de Christian y Gael pidieron que no se estigmatice a los muchachos; la Red por los Derechos de la Infancia exigió una investigación diligente y lo mismo: que no se criminalice a las víctimas. La universidad ya dijo que “la indignación no basta”. Tienen razón: la indignación se volvió protocolo.
Lo que sobra es el teatro de la reacción tardía. Investigar “exactamente qué está pasando” después del séptimo cuerpo no es estrategia: es la confesión de que el Estado llegó cuando el aula ya era un altar. En varios de esos feminicidios anteriores no hay sentencia ni siquiera un responsable a la vista; en el doble homicidio de Chulavista, ni un detenido. Coordinar llamadas entre Palacio, Casa Morelos y rectoría no sustituye policía que llegue a tiempo, fiscalías que cierren carpetas y un gobierno que deje de tratar la masacre estudiantil como un asunto de “prevención” cuando lo que hay es impunidad acumulada. Christian y Gael no necesitaban un boletín. Necesitaban un Estado que no los dejara morir para después descubrir que algo anda mal.
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