CDMX.- No hay pandemia. No hay contingencia declarada. Y, aun así, el Consejo General del Instituto Nacional Electoral sesionó este jueves 24 de septiembre a distancia, con parte de las instalaciones cerradas y la oposición plantada afuera. La escena no es un detalle logístico. Es la foto de un árbitro que, en pleno proceso electoral 2026-2027, prefiere la pantalla al cuerpo a cuerpo.
El representante del PRI ante el instituto, Carlos Mancilla, lo dijo sin anestesia desde las puertas del recinto: ya no hay virus que justifique el encierro; el que se propaga, acusó, es el de la corrupción de Morena. Calificó al órgano de “arrodillado” al gobierno y habló de un “narcogobierno”. Son palabras graves. Quedan como acusación política, no como sentencia judicial. Pero el dato duro no es el adjetivo: es que un instituto de origen ciudadano evitó la sesión presencial sin una razón pública que resista el mínimo escrutinio.
El PRI no se quedó en el tuit. Emilio Suárez Licona anunció que la representación tricolor “tomaría” la sesión ordinaria desde la explanada, en lo que llamó una protesta amigable. Amigable o no, el mensaje es el mismo: si el pleno se esconde, el conflicto se va a la calle.
Somos México, por voz de Marco Baños, subió el tono institucional: un organismo nacido de la ciudadanía, dijo, se ha convertido en un búnker. La metáfora pega porque describe una práctica, no un eslogan. Sesionar a distancia no solo aleja a los partidos. Aleja al público, reduce la presión del cara a cara y convierte el Consejo en un set controlado. Si la autonomía se defiende con puertas cerradas, ya no es autonomía: es aislamiento.
Adentro —o más bien, en la llamada— el pleito no era menor. Morena, con Guillermo Santiago Rodríguez, acusó a la oposición de querer cambiar reglas de asignación y sobrerrepresentación vigentes desde 2009 ahora que dejaron de convenirle. Baños respondió que eso es distractor y cargó contra el oficialismo en seguridad, alianzas con el crimen organizado y erosión democrática. Otra vez: acusaciones cruzadas, no fallos. Lo que sí es verificable es el patrón. El proceso federal ya arrancó el 10 de septiembre. Hay 500 diputaciones en juego y decenas de miles de cargos locales. Y el árbitro elige el zoom.
El contexto empeora la foto. En agosto, Taddei amagó con el uso de la fuerza pública ante el mismo Mancilla. En septiembre, les dijo a PAN, PRI y MC que el INE “no le va a dar cuentas” a partidos en específico. Se puede discutir el fondo de cada choque. Lo que no se sostiene es pretender que un Consejo virtual, con acceso restringido, es la forma natural de conducir un instituto que vive de la confianza pública.
La crítica dura no es partidista. Un INE que se encierra no se vuelve más técnico: se vuelve más opaco. Quien manda a los partidos a una pantalla, y a la ciudadanía a un livestream, no está protegiendo la institucionalidad. Está administrando el desgaste. Y un árbitro que administra el desgaste ya no parece árbitro. Parece parte del juego.
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