EU.- El presidente Donald Trump volvió a exigir este lunes que el estado de Nuevo México cambie de inmediato su nombre a “Nueva América”. En Truth Social escribió: “¡No somos México, somos los Estados Unidos de América!”. Aseguró, sin presentar una sola prueba, que el cambio elevaría el valor de las viviendas y los ingresos, reforzaría el orgullo nacional y hasta “haría honestas” las elecciones que, según él, están amañadas en esa entidad. La ocurrencia no es nueva: en septiembre ya había difundido mapas tachando “Mexico” y videos generados por IA en los que “rebautizaba” el letrero de bienvenida al estado.
La propuesta choca de frente con la realidad. Trump no tiene autoridad legal para renombrar un estado; el nombre “Nuevo México” está escrito en la Constitución estatal y cualquier modificación exigiría aprobación de la Legislatura local y referéndum de los votantes. La gobernadora demócrata Michelle Lujan Grisham lo ha rechazado con claridad: el nombre “no está a debate; ha sido nuestro desde antes de que existiera Estados Unidos”. Históricamente, exploradores españoles lo llamaron Nuevo México en el siglo XVI, siglos antes de que existiera el país que hoy conocemos como México. Es parte del mismo patrón de rebranding que ya aplicó al Golfo de México y al Lago Ontario.
Se trata de otra distracción absurda y cargada de ignorancia histórica. Mientras Trump insiste en estas ocurrencias de tintes xenófobos —borrar cualquier rastro de “México” de un estado fronterizo— el país enfrenta problemas reales que su administración no resuelve. Prometer que un simple cambio de nombre subirá el valor de las casas o “arreglará” elecciones es un engaño burdo sin fundamento alguno. Nuevo México, un estado que Trump perdió, no está a la venta ni a merced de sus caprichos de marketing político.
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