EU.- Desde el Despacho Oval, Donald Trump volvió a hacer teatro con la soberanía ajena: dijo que México no tiene “nada” que Estados Unidos necesite, salvo “tamales picantes, tomates y un par de cosas”, y que bastaría “una sola firma” para cortar el comercio porque, según él, Washington “pierde” 195 mil millones de dólares al año. El desplante es tan vulgar como falso. No fue un análisis comercial; fue un menosprecio calculado, el mismo truco de siempre: humillar al vecino para inflar una amenaza arancelaria mientras presume, en la misma frase, que “se lleva muy bien” con Claudia Sheinbaum y por eso, por ahora, no aprieta el gatillo.
La realidad no cabe en un platillo. En 2025 el comercio de bienes entre ambos países rozó los 873 mil millones de dólares. Lo que cruza la frontera no es un puesto de antojitos: son computadoras y equipo de procesamiento de datos por decenas de miles de millones, automóviles, autopartes, equipo médico y electrónicos que ya desplazaron al auto como punta de lanza de las exportaciones mexicanas. Trump habla de petróleo y de “tenerlo todo” como si las fábricas estadounidenses no dependieran de esa integración. Mentira de mostrador: si México desapareciera del mapa comercial, no faltarían tamales; faltarían piezas, servidores, quirófanos y líneas de ensamble.
Lo más cínico no es el insulto. Es el chantaje disfrazado de cumplido. Primero reduce al país a cocina y huerto; después dice que lo salva la “buena relación” con la presidenta. Eso no es diplomacia: es un recordatorio de que el respeto, en su vocabulario, dura lo que dure la negociación del T-MEC y los aranceles al acero y a los autos. México no está obligado a agradecer que no lo borren de un plumazo. Está obligado a responder con números, no con ofensa herida: el desprecio de Trump no describe la economía mexicana; describe su método. Amenaza, simplifica, sonríe… y espera que el otro se siente a la mesa como si el menú lo hubiera escrito él.
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