EU.- Donald Trump rechazó este lunes imponer más regulación a la inteligencia artificial y escribió en Truth Social que “el único control o mecanismo de seguridad que necesita la IA es un presidente fuerte e inteligente”. En el mismo mensaje denunció una “conspiración enfermiza” contra la IA y los centros de datos, y afirmó que el único beneficiado de frenar el desarrollo sería China. Más tarde subió la apuesta: dijo que la idea de que la IA pueda “tomar el mundo y destruir a la humanidad” es un “engaño”, al mismo nivel —según él— de otras acusaciones que considera fabricadas.
El contexto no es menor. El fin de semana, Dario Amodei, CEO de Anthropic, pidió ralentizar el ritmo de los modelos avanzados; la alerta coincidió con respaldo de otros ejecutivos del sector y con un malestar creciente en comunidades de Estados Unidos por el consumo de energía y agua de los centros de datos. Trump respondió personalizando el ataque: acusó a Amodei de fingir ahora ser “un angelito perfecto” y sostuvo que su gobierno ya tiene “enorme poder penal y regulatorio” sobre esas empresas. La paradoja es evidente: el mismo ecosistema que el presidente ha empujado como motor económico le pide pausa, y él lo interpreta como saboteo geopolítico.
Lo que queda en el aire no es si Estados Unidos compite con China —eso es un hecho de la carrera tecnológica—, sino si un presidente puede sustituir por decreto un marco de seguridad. Convertir cualquier crítica en “traición” o “conspiración” cierra el debate justo cuando investigadores, legisladores y hasta parte de la industria advierten que el riesgo ya no es teórico. Trump eligió velocidad y control personal. El problema es que, si se equivoca, no hay un segundo “presidente de alto coeficiente intelectual” para apagar el sistema.
Discusión sobre este post
Sin posts




